Vivir en la Luz. Aprende a Encender la Energía de los Milagros

21:00


«Aunque pensamos que tenemos muchos problemas diferentes, en realidad, solo tenemos uno: nuestra separación de Dios». ─ Marianne Williamson.

Los siguientes párrafos te enseñan a transformar la oscuridad que ha invadido tu vida en luz.

Espantar la oscuridad es fácil. La oscuridad no posee entidad propia ni tiene poder para crearse o sostenerse a sí misma; solo es ausencia de luz.

De sobra sabemos que si queremos obligar a las tinieblas que nos rodean a salir huyendo de nuestra presencia, solo tenemos que arrimar un fósforo a una vela o llevar nuestra mano hasta un interruptor que, al accionarlo, despeje el camino por el que la electricidad pueda circular hacia una lámpara.

Así de sencillo. 

Pero, por bien que comprendamos esta verdad, las cosas cambian de manera drástica cuando lo que nos esforzamos por alumbrar son los asuntos de nuestra vida.

Nuestro estado de salud, nuestra situación financiera, nuestro trabajo, nuestras relaciones...

¿Qué podemos hacer para iluminar estas áreas de nuestra existencia? ¿Cómo tenemos que actuar para alejar toda sombra de enfermedad, de deuda o escasez, de frustración, dificultad, duda o conflicto de nuestra experiencia?

¿Cuáles son ─y dónde se encuentran─ los mecanismos que debemos activar para encender la energía de los milagros que nos llevarán a vivir libres, definitivamente, de todas las circunstancias negativas que nos asedian?



No hay luz sin consciencia

Encontramos las respuestas a estas incógnitas en el primer manual de fabricación de la primera gran bombilla cósmica que fue creada.

Al comienzo del libro del Génesis ─o, en hebreo, Bereshit─, que abre el Antiguo Testamento ─o Torá, el libro de la sabiduría y de la ley─, se nos cuenta que Dios formó los cielos y la tierra y, justo después, para abolir el desorden que asolaba la superficie del mundo, decretó que se hiciera la luz.

Contado de otra manera: la divinidad concibió un polo positivo que contenía todas las formas de bien imaginables ─los cielos, la dimensión espiritual─ y otro negativo que actuase como recipiente de toda esa bondad ─la tierra, el plano material─ para que, entre ambos, tuviesen lugar los milagros ─es decir, la luz, la ausencia de caos─.

¿Te das cuenta? Polo positivo, polo negativo y luz: igual que en una bombilla.

Aunque, para que esta maquinaria estuviese completa y la luz de los milagros pudiera hacerse visible, aún faltaba ensamblar en todo este invento un filamento que conectase la realidad de arriba con la de abajo y que transformase la corriente en energía luminosa.

Este hilo conductor es la consciencia.

Sin consciencia, es como si toda esta ingeniería prodigiosa no existiese. O lo que es lo mismo: la luz, sin alguien que pueda percibirla, está destinada a permanecer en estado invisible. Sin observador, no hay posibilidad de que se revele milagro alguno.

Así que la Creación tuvo que continuar delineando su diseño, experimentando con diferentes formas de conciencia, hasta llegar a expresarse en un ser autoconsciente ideado para funcionar como puente entre ambas realidades, la espiritual y la material.

Este ser ─tú y yo y el resto de almas─, diseñado a imagen y semejanza del Todo, también posee un polo positivo o masculino ─es decir, un alma, un aspecto yang, Adán─, un polo receptivo o femenino ─un cuerpo, la cualidad yin o Eva─ y, entre ambos, una hebra de consciencia que hace posible el milagro de traer el cielo a la tierra.

La bombilla ya está completa. Pero...

El apagón

Ya conocemos lo que pasó a continuación: la bombilla no tardó en apagarse y toda la plenitud en la que vivíamos se oscureció.

¿Que por qué sucedió esto? Aunque suene a locura, en realidad, nosotros pedimos que así fuese.

Imagina por un instante lo que supone vivir con la luz siempre encendida; lo que representa existir inmersos en un océano de completa satisfacción todo el tiempo, rodeados de claridad por todas partes, a cualquier hora.

En ese estado de conciencia de unidad con la fuente, cualquier anhelo es atendido antes de que nos dé tiempo de cerrar y abrir los ojos. Aun antes de haber deseado algo, ya lo tenemos a nuestro alcance.

Puede parecer idílico, pero, como cuando nos cuentan el mismo chiste una y otra vez, es probable que nos hartemos enseguida de participar en esa situación.

Piénsalo bien. ¿Cómo íbamos a emocionarnos al contemplar un amanecer si no existiese la noche que lo precede? ¿O cómo íbamos a mantener la ilusión por que llegase la mañana de Navidad para recibir nuestros regalos si eliminásemos la víspera que la antecede?

La luz nos reconforta mucho más después de que hayamos atravesado la oscuridad. Lograr nuestros sueños nos inunda de mayor satisfacción cuando nos hemos esforzado por alcanzarlos. Y un milagro, al igual que la llama de una vela se yergue más brillante en la madrugada que a pleno sol, despierta mayor asombro cuanto más compleja es la situación que viene a corregir en nuestras vidas.

Eso es precisamente lo que solicitamos: añadirle un poco de emoción al juego para poder sentir apreciación por aquello que se nos otorgaba a cambio de nada.

Y nuestro deseo se cumplió. Por eso...



La voz del adversario

La luz se ocultó. Se contrajo. Se retiró.

O eso fue lo que nos pareció, porque, en realidad, fue nuestra conciencia la que se estrechó como un embudo para restringir la cantidad de claridad que era capaz de percibir.

Nuestros ojos espirituales se cerraron y pasamos de tener la visión de un águila, desde donde podíamos divisar la unidad entre el reino de arriba y el de abajo, a ver la vida como una serpiente.

Observamos el mundo fragmentado y caótico que nos mostraron nuestros ojos de serpiente y mordimos y nos tragamos el fruto de ese engaño.

Y una voz diferente a la del Amor comenzó a hablar dentro de nuestra cabeza.

Una voz idéntica a la que empieza resonar entre nuestros oídos cuando salimos a pasear por la naturaleza y nos agarra la noche antes de haber emprendido el camino de regreso. Una voz que nos empuja a olvidar, entre nuestros miedos, cómo era ese mismo paisaje, ahora en penumbra, antes de que el horizonte se hubiese tragado el sol.

Sembrada de distorsiones, de interpretaciones erradas de la realidad y de palabras sinuosas y embusteras, esta voz nos incita a creer que somos unos estúpidos si la ignoramos y que nos veremos más inteligentes cuando creamos en su mensaje de separación y división.

El ego, el único adversario al que nos enfrentaremos a lo largo de nuestra travesía espiritual, es esa voz que nace como producto de este estrechamiento de conciencia para sabotear nuestro entendimiento con juicios acerca de una realidad en la que, a simple vista ─para nuestros cinco sentidos─, cualquier rastro de unidad permanece escondido.

Su tarea, como la de un interruptor en posición de apagado, consiste en bloquear el paso por nuestras conciencias del amor, la verdad, la paz, la certeza, la abundancia, la salud o la armonía que emanan de la dimensión espiritual de la que provenimos; e impedir que estas cualidades lleguen a manifestarse de forma visible en nuestra realidad material.

Para lograrlo, nos convence de que tú y yo somos seres separados el uno del otro ─y de la fuente de todo Bien─; de que este mundo es un lugar al que venimos a recibir un castigo por nuestros pecados; de que la muerte es real; de que el mal es algo que existe fuera de nosotros ─y no un producto de nuestras mentes─; de que nuestra abundancia o éxito son limitados y dependen de la carencia que experimente otra persona; de que somos víctimas y tenemos que defendernos...; y de un larguísimo etcétera.

Sin embargo, detrás de esta voz, y de todas sus mentiras, se encuentra la luz.



Vivir en la Luz

«Nadie se ilumina fantaseando con figuras de luz, sino haciendo consciente su propia oscuridad». — Carl Gustav Jung.

Por todo lo expuesto hasta este punto, debemos comprender que si queremos restablecer la corriente que devuelva toda esa luz que nos pertenece a nuestras vidas, solo tenemos que reflexionar sobre los rasgos de nuestra personalidad que viven enraizados en el ego y trabajar en el interior de nuestras conciencias para erradicarlos.

Hacer esto mueve el interruptor hacia la posición de encendido y nos libera de la oscuridad que extiende su mano sobre nuestros asuntos.

Los celos, la envidia, el odio, la duda, el miedo, la necesidad de criticar y de juzgar, la ira ante lo que nos parece una injusticia...; todos estos atributos negativos están inspirados en una distorsión que el ego ha introducido en nuestra percepción restringida.

Así que cuando oramos por un milagro, no nos arrodillamos pidiendo luz, sino que, de manera calmada, solicitamos conocer la percepción correcta y completa que nos ayude a conducir nuestra visión desde la división a la unidad, del miedo al Amor.

Detrás de todo lo que observamos, aunque nuestros juicios nos impidan verla, se encuentra la presencia del Amor en acción.

Si somos capaces de reconocer esta verdad, por encima de lo que nuestros ojos nos muestran, negándonos a aceptar la apariencia de caos y anclando nuestra conciencia a la afirmación de que solo el Amor es real, el milagro de nuestra transformación interna arrojará hacia el exterior los milagros que tanto esperamos que ocurran en nuestras vidas.

Solo la verdad que trasciende todas las dualidades tiene el poder de liberarnos.

Para vivir en la luz, únicamente tenemos que entregar nuestra oscuridad a cambio.

«Solo el Amor es real».

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